"Es hora de parar la guerra contra la Tierra"
Vandana Shiva
Ecoportal
Hoy en día, cuando pensamos en la guerra, nuestra mente se torna hacia Iraq y Afganistán. Pero la guerra más grande es la guerra contra el planeta. Ésta tiene sus raíces en una economía que no respeta límites ecológicos y éticos – límites a la desigualdad, límites a la injusticia, límites a la codicia y la concentración económica.
Un puñado de empresas y de potencias busca controlar los recursos de la Tierra y transformar el planeta en un supermercado en el que todo está en venta. Quieren vender nuestro agua, genes, células, órganos, conocimientos, culturas y nuestro futuro.
La guerras duraderas en Afganistán, Iraq y las que les han seguido no son sólo sangre por petróleo. A medida que ellas se desarrollan, vemos que son sangre por alimentos, sangre por genes y biodiversidad y sangre por agua.
La metalidad guerrera subyacente a la agricultura bélico-industrial es obvia en los nombres de los herbicidas de Monsanto— Round-Up, Machete, Lasso. American Home Products, que se ha fusionado con Monsanto, da a sus herbicidas nombre igualmente agresivos, incluyendo “Pentagon” y “Squadron”. Es la lengua de la guerra. La sustentabilidad se basa en la paz con la Tierra.
La guerra contra la Tierra comienza en la mente. Los pensamientos violentos dan forma a acciones violentas. Categorías violentas construyen herramientas violentas. Y en ninguna parte esto es tan vivaz como en las metáforas y métodos en los que se basa la producción industrial, agrícola y alimentaria. La fábricas que produjeron venenos y explosivos para matar a la gente durante las guerras han sido transformadas en fábricas productoras de agroquímicos al terminar las guerras.
El año 1984 me hizo ver que algo no estaba bien en la manera en que los alimentos se producían. Con la violencia en el Punjab y el desastre en Bhopal, la agricultura parecía guerra. Fue entonces que escribí La Violencia de la Revolución Verde, y por eso mismo lancé Navdanya como un movimiento por una agricultura libre de venenos y productos tóxicos.
Los pesticidas, que en un principio se utilizaron como químicos bélicos, no pudieron controlar las plagas. La ingeniería genética iba a ofrecer una alternativa a los productos químicos tóxicos. Al contrario, ha llevado a un mayor uso de pesticidas y herbicidas y desatado una guerra contra los campesinos.
Los altos costos de los insumos y productos químicos hacen que los agricultores caigan en la trampa de la deuda – y la tampa de la deuda lleva a los agricultores al suicidio. De acuerdo a datos oficiales, en la India más de 200.000 campesinos se han suicidado desde 1997.
Hacer la paz con la Tierra siempre ha sido un imperativo ético y ecológico, que se ha convertido ahora en un imperativo para supervivencia de nuestra especie.
La violencia contra el suelo, la biodiversidad, el agua, la atmósfera, el campo y los campesinos produce un sistema alimentario marcial que no puede dar de comer a la gente. Un billón de personas sufre hambre. Dos billones sufren de enfermedades relacionadas con la alimentación: obesidad, diabetes, hipertensión y cáncer.
Hay tres niveles de violencia implicadas en el desarrollo no sustentable. El primero es la violencia contra la Tierra, que se expresa en la crisis ecológica. El segundo es la violencia contra gente, que se expresa en la pobreza, la indigencia y el desplazamiento. El tercero es la violencia de la guerra y el conflicto, cuando los poderosos echan mano a los recursos que están en otras comunidades y países para satisfacer su apetito que no tiene límites.
Cuando cada aspecto de la vida es comercializado, vivir se hace más caro, y la gente se empobrece, incluso si ganan más de un dólar al día. Por otra parte, la gente puede ser rica en términos materiales, incluso sin economía monetaria, si tienen acceso a la tierra, si los suelos son fértiles, si los ríos están limpios, su cultura es rica y mantiene la tradición de construir casas y prendas bonitas, buena comida, y hay cohesión social, solidaridad y espíritu comunitario.
La ascensión del dominio del mercado, y de la moneda en tanto que capital producido por el hombre, a la posición de principio superior organizativo de la sociedad y única forma de cuantificar nuestro bienestar ha llevado al debilitamiento de los procesos que mantienen y sostienen la vida en la naturaleza y la sociedad.
Entre más ricos nos hacemos, somos ecológica y culturalmente más pobres. El aumento en el bienestar económico, medido en dinero, lleva al aumento de la pobreza en los aspectos material, cultural, ecológico y espiritual.
La verdadera moneda de la vida es la vida misma, este punto de vista lleva a varias preguntas: ¿cómo nos miramos a nosotros mismos en este mundo? ¿Para qué están los seres humanos? Y ¿somos simplemente una máquina de hacer dinero devoradora de recursos? O ¿tenemos un propósito más elevado, un fin superior?
Creo que la “Democracia Terráquea” nos permite imaginar y crear democracias vivientes basadas en el valor intrínseco de todas las especias, de todos los pueblos, de todas las culturas – un reparto justo y equitativo de los recursos vitales de esta Tierra, un reparto de las decisiones sobre el uso de los recursos de la Tierra.
La “Democracia Terráquea” protege los procesos ecológicos que mantienen la vida y los derechos humanos fundamentales que son la base del derecho a la vida, incluyendo el derecho al agua, la alimentación, la salud, la educación, el trabajo y el sustento.
Tenemos que escoger. ¿Obedeceremos las leyes de mercado de la codicia corporativa o las leyes de la Madre Tierra para mantener los ecosistemas terrestres y la diversidad de los seres vivos?
Las necesidades en alimentación y agua de la gente sólo pueden satisfacerse si se protege la capacidad de la naturaleza para producir alimentos y agua. Suelos y ríos muertos no dan alimento ni agua.
Por ello, defender los derechos de la Madre Tierra es el más importante de los derechos humanos y de las luchas por la justicia social. Es el más amplio movimiento pacifista de nuestra época. www.ecoportal.net
La Dra. Vandana Shiva es una física y ambientalista india, que recibio el Precio Sydney de la Paz 2010. Ésta es la versión editada de su discurso en la Ópera de Sydney el 3 de noviembre.
de http://www.rebelion.org/
¿Cuál es la lengua del futuro?
Conforme se apodera del mundo, el inglés cambia, se fragmenta y pronto podría llegar a ser irreconocible
Henry Hitchings
Tlaxcala
Este artículo es un extracto del libro “The Language Wars: A History of Proper English” (Farrar, Straus & Giroux, New York 2011). Traducción de Manuel Talens.
No existe una lengua que se haya difundido tanto (y que siga haciéndolo) como el inglés. El deseo de aprenderlo se ha vuelto insaciable en todas partes. El mundo del siglo XXI es cada vez más urbano y de clase media y la adopción del inglés es uno de los síntomas de esta realidad, puesto que se ha convertido en la lingua franca del comercio y de la cultura popular. En otros ámbitos, como el transporte, la diplomacia, la informática, la medicina y la educación, es la lengua dominante o una de las más utilizadas. Un estudio reciente ha sugerido que entre los estudiantes de los Emiratos Árabes Unidos “el árabe se asocia con la tradición, el hogar, la religión, la cultura, la escuela, las artes y las ciencias sociales”, mientras que el inglés “es un símbolo de la modernidad, el trabajo, la educación superior, el comercio, la economía y la ciencia y la tecnología”. En los países de lengua árabe las asignaturas de ciencias a menudo se enseñan en inglés, pues los libros de texto más excelentes y otros recursos educativos sólo están disponibles en esa lengua. No es un hecho inocente ni una feliz casualidad: la propagación del inglés es una industria.
La propagación del inglés se debe al colonialismo británico, a los avances de la revolución industrial, a la ascendencia económica y política de USA y a otros avances tecnológicos (en su mayoría usamericanos) que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XX. Su crecimiento se ha beneficiado de la exportación masiva del inglés como segunda lengua, así como del crecimiento de los medios anglófonos de comunicación. Por último, con gran frecuencia y en muchos lugares del mundo la evangelización cristiana, complementada con la distribución de Biblias en inglés, ha alimentado el mito de que es la lengua de Dios, un mito que surgió tras las sucesivas traducciones realizadas por Wyclif (1380), Tyndale (1534) y Cranmer (1539).
La historia de la difusión planetaria del inglés está repleta de fechas importantes: el asentamiento del fuerte de Jamestown (en la actual Virginia) en 1607; la victoria de Robert Clive en la batalla de Plassey (Bengala Occidental) en 1757, que marcó el comienzo del dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales; la construcción del primer penal colonial en Australia en 1788; el asentamiento británico en Singapur en 1819 y el establecimiento de una colonia de la corona en Hong Kong en 1842; el inicio formal de la administración británica en Nigeria en 1861; la fundación de la BBC en 1922 y de Naciones Unidas en 1945 y el lanzamiento por parte de AT&T del primer satélite de comunicaciones comerciales en 1962. Esta lista es sólo una muestra que no tiene en cuenta, por ejemplo, las diferentes oleadas de anglomanía que se extendieron por gran parte de Europa en el siglo XVIII. Sin embargo, es evidente que la difusión del inglés ha tenido mucho que ver con los beneficios materiales, con los medios de comunicación y con su uso como lengua de enseñanza. Una lista más completa de los hitos de su difusión podría intensificar el fuerte olor a sangre derramada que la acompaña.
El inglés ha permanecido dondequiera que empezó a utilizarse. Lo cultural persiste cuando desaparece el yugo militar. En la era colonial, las lenguas de los colonizadores dominaron a las de los territorios confiscados, las marginaron y, en algunos casos, las condenaron a la extinción, no sin antes haber absorbido los términos locales que les parecían de alguna utilidad. Las lenguas de los colonizadores practicaron una especie de canibalismo y su legado se palpa todavía. En muchos sitios el inglés suscita desconfianza por ser la lengua de los amos imperiales. Está lejos de ser una fuerza unitaria y su capacidad de resistencia es motivo de preocupación. En la India, a pesar de que el inglés se utiliza enormemente en los medios, en la administración, en la educación y en el comercio, no son pocos los que reclaman que se frene su influencia. Sin embargo, incluso allá donde el inglés es una lengua denigrada como instrumento del colonialismo, ha logrado mantenerse y, en muchos casos, florecer con el aumento del número de hablantes y de funciones.
A principios del siglo XX, en su profética novela The World Set Free (1914), HG Wells imaginó lo que luego pasaría a conocerse como “inglés mundial”, un concepto de esta lengua como medio de comunicación internacional, como segunda lengua global, como lubricante intelectual y comercial e, incluso, como instrumento de política exterior de los principales países de habla inglesa, que sólo llegó a ser una realidad en la década de 1960. El concepto había estado circulando desde 1920, pero no fue Wells su único inventor, ya que en 1888 Alexander Melville Bell había ideado el “inglés mundial”, un método de ortografía revisada para facilitar su aprendizaje que, según él, superaba a todos los demás “en su capacidad general para convertirla en la lengua del mundo”. Un siglo antes, en 1784, Robert Nares imaginó con satisfacción que el inglés se extendería prodigiosamente a través de todo el mundo e, incluso antes, John Adams había profetizado que llegaría a ser la lengua más hablado y leída… y la “más respetable”. El binomio “inglés mundial” todavía se utiliza, pero muchos críticos lo ponen en entredicho por su fuerte tufillo opresor. Hoy en día el “inglés mundial” ha sido sustituido por diversos nombres, de los cuales el más pegadizo es “globish” (por mucho que a mí, personalmente, me parezca una estupidez) [1], término popularizado por Jean-Paul Nerrière en su libro Don’t Speak English, Parlez Globish. Según Nerrière, el globish es una forma pragmática del inglés que consta de 1500 palabras y está concebido para que cualquiera pueda hacerse entender.
Pero el globish de Nerrière no es el único inglés. Madhukar Gogate, un ingeniero jubilado de la India, ha presentado por su parte una idea que también denomina globish y que utiliza una ortografía fonética para crear lo que considera una forma más clara del inglés que podría convertirse en lengua global y permitir vínculos entre personas de diferentes culturas. Al mismo tiempo, el lingüista alemán Joachim Grzega está promocionando un “inglés global básico” con apenas veinte reglas gramaticales y un vocabulario de 750 palabras que los estudiantes podrían complementar con otras 250 destinadas a sus necesidades personales.
Incluso si estos métodos tienen como objetivo la promoción de una forma lingüística neutral que sustituya a la de los valores “ingleses” coloniales, no por eso dejan de formar parte de un proyecto de mayor envergadura y con frecuencia invisible: el establecimiento de una comunidad angloparlante, sin fronteras territoriales, en la que el uso del inglés no sólo sea algo normal, sino también prestigioso y pueda “venderse” como una lengua de riqueza, de oportunidades, de ayudas para la educación, de democracia y de derecho moral. Este proyecto recibe un apoyo económico y político en la educación y en los medios y, a veces, también un apoyo militar, generalmente secreto. Y así, el inglés se propaga como una apisonadora que aplasta todo lo que se interpone en su camino. Es verdad que a menudo se utiliza junto a las lenguas locales y no las reemplaza de inmediato. Sin embargo, su presencia trastoca la importancia de la cultura en las vidas de quienes lo adoptan, altera sus aspiraciones y expectativas. Cada vez más, el inglés parece una segunda lengua materna. Sería posible imaginar que simplemente coexiste al lado de otras lenguas, pero resulta evidente que la convivencia se convierte en trascendencia. Conforme el inglés se va introduciendo en los espacios que ocupan otras lenguas, los lingüistas se ven obligados a comportarse como ecologistas y a dejar de ser estudiosos para convertirse en activistas.
Han sido numerosos los intentos de crear una lengua artificial que pudiera utilizarse en todo el mundo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX. La mayor parte de ellos no prosperaron: ¿quién se acuerda hoy de lenguas con nombres como cosmoglossa, spokil, mundolingue, veltparl, interlingua, romanizat, adjuvilo o molog? Algunos de aquellos innovadores hoy nos parecen gente muy extraña. Joseph Schipfer, el inventor de la communicationssprache, también se hizo famoso por haber inventado un método para impedir que a uno lo enterrasen vivo. Etienne-Paulin Gagne, el inventor de la monopanglosse, propuso que en épocas de hambruna los argelinos ayudasen a sus familias y amigos ofreciendo sus vidas o al menos alguno de sus miembros a cambio de alimentos y se declaró dispuesto, si fuera necesario, a ofrecer su propio cuerpo a los necesitados.
Sólo dos de aquellas lenguas alcanzaron la celebridad. En 1879 Johann Martin Schleyer, un clérigo de Baviera, ideó el volapük, que fue muy popular durante un breve período de tiempo: al cabo de diez años había 283 sociedades dedicadas a su promoción, así como manuales para su aprendizaje en veinticinco lenguas. Arika Okrent, en su libro In the Land of Invented Languages, afirma que el volapük es una delicia para gente con un sentido pueril del humor: pükön es“hablar” y plöpön es “tener éxito”. Más famosos y menos tontorrones fueron los esfuerzos de Ludwik Zamenhof, un oculista polaco de origen judío lituano que en la década de 1870 empezó a desarrollar el esperanto, una lengua sin irregularidades. En 1887 publicó su primer libro sobre ella, con una gramática que constaba de sólo dieciséis reglas y un vocabulario básico. Los motivos de Zamenhof eran evidentes: había crecido en los guetos de Bialystok y Varsovia, y, contrariado por la división que establecían las lenguas nacionales, soñaba con unir a la humanidad. El esperanto es sin duda el mayor éxito de las modernas lenguas inventadas, pero incluso si todavía tiene partidarios entusiastas, no parece que llegue alguna vez a imponerse como esperaba Zamenhof.
Es más probable que el lector haya oído hablar del klingon, una lengua creada por Marc Okrand para la serie televisiva Star Trek, así como de las lenguas élficas –en particular el quenya y el sindarin, que emulan, respectivamente, los modelos gramaticales del finés y del galés– ideadas por JRR Tolkien y fielmente utilizadas en las películas de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson. Un ejemplo más reciente de lengua artificial es la que Paul Frommer atribuyó a los na’vi de piel azul en la película Avatar, de James Cameron (2009). Las lenguas inventadas, que en una época encarnaron la esperanza política en el mundo real, han pasado a ser accesorios del arte y el entretenimiento.
Hoy en día, la lengua auxiliar del mundo, más que cualquier otra alternativa artificial, es el inglés. Los hablantes del inglés como segunda lengua son más numerosos que los hablantes nativos. Las estimaciones varían, pero incluso las más conservadoras admiten que hay 500 millones de hablantes del inglés como segunda lengua. También son muchos más numerosos en el mundo quienes desean hablarla que quienes tratan de oponerse a su avance. En algunos casos, la devoción por el inglés tiene tintes de ardor religioso y se sitúa en los límites de la automortificación. Cuenta Mark Abley que algunos coreanos ricos no dudan en costear una operación quirúrgica que alarga la lengua de sus hijos para que les sea más fácil hablar inglés de forma convincente. Se supone que la intervención les permite emitir los sonidos r y l, pero la fluidez con que hablan el inglés muchos coreanos que han emigrado a USA y Gran Bretaña hace que uno se pregunte si vale la pena. Sin embargo, éste es un ejemplo indiscutible de a qué extremos están algunos dispuestos a llegar para aprender inglés, seducidos por la creencia de que capital lingüístico equivale a capital económico.
En los lugares donde el inglés se utiliza como segunda lengua, sus hablantes consideran que carece de las limitaciones de sus lenguas maternas. Lo asocian con el poder y el estatus social y lo ven como un medio flexible y sensual para autoexpresarse. Simboliza la preferencia personal y la libertad. Pero mientras que muchos que no conocen la lengua aspiran a aprenderla, otros muchos la perciben como un instrumento de opresión que no sólo está asociado con el imperialismo, sino también con las depredaciones del capitalismo y el cristianismo (las palabras imperialismo y capitalismo han llegado a ser casi sinónimas gracias al libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, que Lenin publicó en 1917). El erudito australiano Alastair Pennycook ha resumido a la perfección el paradójico estatus del inglés como “lengua de la amenaza, el deseo, la destrucción y las oportunidades”. Su difusión puede verse como una fuerza de homogeneización (algunos hablarían de yanquización) que erosiona la integridad de otras culturas. Sin embargo, lo que llama la atención es que la gente se la apropia localmente de muy distintas maneras. A veces se utiliza contra los mismos poderes e ideologías que supuestamente representa. Basta con escuchar, por ejemplo, a los raperos de Somalia o Indonesia para darse cuenta de que el uso del inglés en sus letras es cualquier cosa menos un sumiso homenaje al poderío comercial y cultural usamericano.
En su libro Globish (2010), Robert McCrum señala “la subversiva capacidad del inglés para correr junto a la liebre y cazar junto a los perros que la persiguen, para articular las ideas del gobierno y de la oposición, para ser la lengua de la gente ordinaria y del poder y la autoridad, del rock’n’roll y del decreto real”. McCrum la considera “contagiosa, adaptable, populista” y establece la caída del Muro de Berlín en 1989 como el momento simbólico que marcó el inicio de “una nueva dinámica en el flujo de la información”. Para McCrum, el inglés tiene un papel protagonista en eso que Thomas L. Friedman ha denominado con acierto “el aplanamiento del mundo”, la nueva “red global”.
En el siglo XXI otras lenguas desafían la posición del inglés como lengua planetaria dominante. Las principales parecen ser el español y el chino mandarín. Los hablantes que las utilizan como lengua materna son más numerosos que los del inglés, pero ninguna de las dos se utiliza mucho como lingua franca en la actualidad. La mayoría de los hablantes del chino mandarín viven en un solo país, y, con la excepción de España, la mayoría de los hispanohablantes están en el continente americano. Hay quien dice que la revitalización de las lenguas minoritarias es buena para el inglés, porque debilita a sus grandes rivales y, por lo tanto, elimina los obstáculos que impiden la difusión de esta lengua. Así, por ejemplo, el resurgimiento del catalán, del vasco y del gallego debilitaría al español peninsular y lo convertiría en un rival menos poderoso del inglés. Los apologistas del inglés invierten este argumento y afirman que el avance del inglés es bueno para las lenguas minoritarias, lo cual es falso.
Nicholas Ostler, un lingüista de ideas a menudo sorprendentes, ha dicho que “si comparamos el inglés con las otras lenguas que han alcanzado un estatus global, las que más se le parecen –desde el punto de vista lingüístico– son el chino y malayo”. Las tres siguen un orden verbal de sujeto-verbo-objeto y sus sustantivos y verbos tienen pocas variantes. Además, “otra faceta del inglés que lo asemeja con el chino es su ortografía peculiarmente conservadora y antifonética” y “de la misma manera que ha ocurrido con el chino... el parecido entre el inglés hablado y sus tradiciones escritas es cada vez más remoto”. Parece una comparación interesante, pero no sirve de guía para lo que sucederá en el futuro. Las principales amenazas contra el inglés podrían surgir de su interior. Hay una larga historia de gente que lo utiliza para fines anti-ingleses, de creadores y personajes políticos que afirman en inglés su distanciamiento de la anglicidad, de lo británico o de lo usamericano. Hay, por ejemplo, muchos escritores cuya lengua materna no es el inglés que han salpimentado con sabores extranjeros sus escritos en esa lengua, lo cual les ha permitido exhibir su patrimonio al mismo tiempo que trabajan en un medio que les permite llegar a un público más amplio.
Son dos las amenazas que destacan de las demás. Ya he mencionado la India; el inglés es importante para sus ambiciones globales. Las raíces de esa lengua son allí coloniales, pero el inglés conecta menos a los indios con el pasado que con el futuro. Las personas que lo utilizan en la India son ya más numerosas que en cualquier otro país del mundo, incluido USA. Mientras tanto, en China el número de estudiantes que lo están aprendiendo aumenta con rapidez. El empresario Li Yang ha desarrollado lo que denomina Crazy English, un método de enseñanza poco ortodoxo a base de gritos. Ésta, explica Li, es la manera con la que los chinos activan sus “músculos internacionales”. Su programa es patriótico. Kingsley Bolton, director del departamento de inglés de la City University de Hong Kong, lo llama “nacionalismo de vendedor ambulante”. Qué duda cabe de que posee una cualidad singular; uno de los eslóganes de Li dice así: “Hay que conquistar el inglés para fortalecer a China”. Unas cuantas voces disidentes sugieren que el Crazy English alienta el racismo, pero el entusiasmo que despierta su enfoque populista es indudable y arroja luz sobre una fiebre que ha invadido China: la ardiente convicción de que aprender inglés es la habilidad esencial para sobrevivir en el mundo moderno.
La adopción del inglés en los dos países más poblados del mundo ha dado lugar a que la lengua empiece a cambiar. Es probable que algunos de estos cambios desconcierten a sus hablantes nativos. La “anglicidad” del inglés se está diluyendo. También está perdiendo, y esto es todavía más sorprendente, su sabor usamericano. El centro de gravedad del inglés se está desplazando; de hecho, el inglés del siglo XXI tiene ya muchos centros de gravedad. Conforme pase el tiempo, sus hablantes nativos podrían encontrarse en situación de desventaja. Todo hablante nativo suele integrar diferentes bagajes culturales en el uso de su lengua. Un ejemplo innegable es la forma en que utilizamos metáforas deportivas. Si en una conversación le digo “has bateado seis” a mi socia eslovaca, probablemente no sabrá de lo que estoy hablando. Tampoco lo sabrá un usamericano. En cambio un indio es muy probable que lo entienda (la frase proviene del juego del cricket), pero lo cierto es que debería elegir mis palabras con mayor cuidado. El problema es que con frecuencia ni a mí ni a otros muchos como yo nos preocupa que no nos entiendan. Para los hablantes no nativos, los caprichos y las elaboraciones lingüísticas de este tipo son una fuente de confusión. A menudo los hablantes no nativos del inglés comentan que les resulta más fácil conversar entre sí que con hablantes nativos. Ya es un hecho que muchas personas que aprenden el inglés no tienen la menor intención de hablar con nativos, hasta tal punto que si yo interviniese en sus conversaciones no sería bienvenido.
Al mismo tiempo, los hablantes nativos del inglés tienden a asumir que su dominio de una lengua tan poderosa como la suya los dispensa de aprender otras lenguas. Se equivocan. Las compañías británicas a menudo pierden oportunidades de exportación debido a su desconocimiento de otras lenguas. Además, existe la posibilidad de que dentro de veinte o treinta años sea obligatorio saber inglés en los intercambios comerciales y eso hará que los hablantes nativos dejen de tener esa ventaja. En una encuesta realizada en 2005, más del 80% de los ciudadanos de Holanda, Dinamarca y Suecia afirmaron ser capaces de hablar inglés. El porcentaje fue del 60% en Finlandia, del 50% en Alemania, del 30% en Francia e Italia y del 20% en España y Turquía. Es de suponer que estas cifras hayan aumentado. Proceden de un estudio publicado en 2006 por el British Council, una organización creada en 1934 que hoy en día es un “órgano de relaciones culturales internacionales” en más de cien países. Su director general, Sir Richard Francis, afirmó en 1989 que “el verdadero oro negro de Gran Bretaña no es el petróleo del Mar del Norte, sino la lengua inglesa”. A menudo se minimizan afirmaciones como ésta, pero el papel del British Council en la promoción del inglés británico está ligado a los intereses corporativos británicos. Grandes compañías como la British Petroleum (hoy BP Amoco) han trabajado hombro con hombro con el British Council y han financiado programas educativos para que los extranjeros aprendan inglés. No se trata, desde luego, de un acto de altruismo. Como dice Robert Phillipson, “el inglés de los negocios es el negocio del inglés”. Pero al mismo tiempo que una lengua simultáneamente impuesta y bienvenida, el inglés es una lengua que, más que cualquier otra, la gente quiere aprender.
Las consecuencias son complejas. Algunas de ellas, al parecer, contrarias a las que se pretendían en un principio. A pesar de las ingentes cantidades de dinero que se gastan en la difusión del inglés británico, lo cierto es que el inglés está adquiriendo un color cada vez más local en los diferentes lugares donde se utiliza, y eso hace que el número de lenguas disminuya en el mundo mientras que al mismo tiempo aumente el número de variantes dialectales del inglés.
[1] Globish es un juego de palabras que consiste en sustituir las dos últimas letras de la palabra "global" (es decir, mundial o global) por el fonema -ish de la palabra English [NdelT].
Henry Hitchings
Tlaxcala
Este artículo es un extracto del libro “The Language Wars: A History of Proper English” (Farrar, Straus & Giroux, New York 2011). Traducción de Manuel Talens.
No existe una lengua que se haya difundido tanto (y que siga haciéndolo) como el inglés. El deseo de aprenderlo se ha vuelto insaciable en todas partes. El mundo del siglo XXI es cada vez más urbano y de clase media y la adopción del inglés es uno de los síntomas de esta realidad, puesto que se ha convertido en la lingua franca del comercio y de la cultura popular. En otros ámbitos, como el transporte, la diplomacia, la informática, la medicina y la educación, es la lengua dominante o una de las más utilizadas. Un estudio reciente ha sugerido que entre los estudiantes de los Emiratos Árabes Unidos “el árabe se asocia con la tradición, el hogar, la religión, la cultura, la escuela, las artes y las ciencias sociales”, mientras que el inglés “es un símbolo de la modernidad, el trabajo, la educación superior, el comercio, la economía y la ciencia y la tecnología”. En los países de lengua árabe las asignaturas de ciencias a menudo se enseñan en inglés, pues los libros de texto más excelentes y otros recursos educativos sólo están disponibles en esa lengua. No es un hecho inocente ni una feliz casualidad: la propagación del inglés es una industria.
La propagación del inglés se debe al colonialismo británico, a los avances de la revolución industrial, a la ascendencia económica y política de USA y a otros avances tecnológicos (en su mayoría usamericanos) que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XX. Su crecimiento se ha beneficiado de la exportación masiva del inglés como segunda lengua, así como del crecimiento de los medios anglófonos de comunicación. Por último, con gran frecuencia y en muchos lugares del mundo la evangelización cristiana, complementada con la distribución de Biblias en inglés, ha alimentado el mito de que es la lengua de Dios, un mito que surgió tras las sucesivas traducciones realizadas por Wyclif (1380), Tyndale (1534) y Cranmer (1539).
La historia de la difusión planetaria del inglés está repleta de fechas importantes: el asentamiento del fuerte de Jamestown (en la actual Virginia) en 1607; la victoria de Robert Clive en la batalla de Plassey (Bengala Occidental) en 1757, que marcó el comienzo del dominio de la Compañía Británica de las Indias Orientales; la construcción del primer penal colonial en Australia en 1788; el asentamiento británico en Singapur en 1819 y el establecimiento de una colonia de la corona en Hong Kong en 1842; el inicio formal de la administración británica en Nigeria en 1861; la fundación de la BBC en 1922 y de Naciones Unidas en 1945 y el lanzamiento por parte de AT&T del primer satélite de comunicaciones comerciales en 1962. Esta lista es sólo una muestra que no tiene en cuenta, por ejemplo, las diferentes oleadas de anglomanía que se extendieron por gran parte de Europa en el siglo XVIII. Sin embargo, es evidente que la difusión del inglés ha tenido mucho que ver con los beneficios materiales, con los medios de comunicación y con su uso como lengua de enseñanza. Una lista más completa de los hitos de su difusión podría intensificar el fuerte olor a sangre derramada que la acompaña.
El inglés ha permanecido dondequiera que empezó a utilizarse. Lo cultural persiste cuando desaparece el yugo militar. En la era colonial, las lenguas de los colonizadores dominaron a las de los territorios confiscados, las marginaron y, en algunos casos, las condenaron a la extinción, no sin antes haber absorbido los términos locales que les parecían de alguna utilidad. Las lenguas de los colonizadores practicaron una especie de canibalismo y su legado se palpa todavía. En muchos sitios el inglés suscita desconfianza por ser la lengua de los amos imperiales. Está lejos de ser una fuerza unitaria y su capacidad de resistencia es motivo de preocupación. En la India, a pesar de que el inglés se utiliza enormemente en los medios, en la administración, en la educación y en el comercio, no son pocos los que reclaman que se frene su influencia. Sin embargo, incluso allá donde el inglés es una lengua denigrada como instrumento del colonialismo, ha logrado mantenerse y, en muchos casos, florecer con el aumento del número de hablantes y de funciones.
A principios del siglo XX, en su profética novela The World Set Free (1914), HG Wells imaginó lo que luego pasaría a conocerse como “inglés mundial”, un concepto de esta lengua como medio de comunicación internacional, como segunda lengua global, como lubricante intelectual y comercial e, incluso, como instrumento de política exterior de los principales países de habla inglesa, que sólo llegó a ser una realidad en la década de 1960. El concepto había estado circulando desde 1920, pero no fue Wells su único inventor, ya que en 1888 Alexander Melville Bell había ideado el “inglés mundial”, un método de ortografía revisada para facilitar su aprendizaje que, según él, superaba a todos los demás “en su capacidad general para convertirla en la lengua del mundo”. Un siglo antes, en 1784, Robert Nares imaginó con satisfacción que el inglés se extendería prodigiosamente a través de todo el mundo e, incluso antes, John Adams había profetizado que llegaría a ser la lengua más hablado y leída… y la “más respetable”. El binomio “inglés mundial” todavía se utiliza, pero muchos críticos lo ponen en entredicho por su fuerte tufillo opresor. Hoy en día el “inglés mundial” ha sido sustituido por diversos nombres, de los cuales el más pegadizo es “globish” (por mucho que a mí, personalmente, me parezca una estupidez) [1], término popularizado por Jean-Paul Nerrière en su libro Don’t Speak English, Parlez Globish. Según Nerrière, el globish es una forma pragmática del inglés que consta de 1500 palabras y está concebido para que cualquiera pueda hacerse entender.
Pero el globish de Nerrière no es el único inglés. Madhukar Gogate, un ingeniero jubilado de la India, ha presentado por su parte una idea que también denomina globish y que utiliza una ortografía fonética para crear lo que considera una forma más clara del inglés que podría convertirse en lengua global y permitir vínculos entre personas de diferentes culturas. Al mismo tiempo, el lingüista alemán Joachim Grzega está promocionando un “inglés global básico” con apenas veinte reglas gramaticales y un vocabulario de 750 palabras que los estudiantes podrían complementar con otras 250 destinadas a sus necesidades personales.
Incluso si estos métodos tienen como objetivo la promoción de una forma lingüística neutral que sustituya a la de los valores “ingleses” coloniales, no por eso dejan de formar parte de un proyecto de mayor envergadura y con frecuencia invisible: el establecimiento de una comunidad angloparlante, sin fronteras territoriales, en la que el uso del inglés no sólo sea algo normal, sino también prestigioso y pueda “venderse” como una lengua de riqueza, de oportunidades, de ayudas para la educación, de democracia y de derecho moral. Este proyecto recibe un apoyo económico y político en la educación y en los medios y, a veces, también un apoyo militar, generalmente secreto. Y así, el inglés se propaga como una apisonadora que aplasta todo lo que se interpone en su camino. Es verdad que a menudo se utiliza junto a las lenguas locales y no las reemplaza de inmediato. Sin embargo, su presencia trastoca la importancia de la cultura en las vidas de quienes lo adoptan, altera sus aspiraciones y expectativas. Cada vez más, el inglés parece una segunda lengua materna. Sería posible imaginar que simplemente coexiste al lado de otras lenguas, pero resulta evidente que la convivencia se convierte en trascendencia. Conforme el inglés se va introduciendo en los espacios que ocupan otras lenguas, los lingüistas se ven obligados a comportarse como ecologistas y a dejar de ser estudiosos para convertirse en activistas.
Han sido numerosos los intentos de crear una lengua artificial que pudiera utilizarse en todo el mundo, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del XX. La mayor parte de ellos no prosperaron: ¿quién se acuerda hoy de lenguas con nombres como cosmoglossa, spokil, mundolingue, veltparl, interlingua, romanizat, adjuvilo o molog? Algunos de aquellos innovadores hoy nos parecen gente muy extraña. Joseph Schipfer, el inventor de la communicationssprache, también se hizo famoso por haber inventado un método para impedir que a uno lo enterrasen vivo. Etienne-Paulin Gagne, el inventor de la monopanglosse, propuso que en épocas de hambruna los argelinos ayudasen a sus familias y amigos ofreciendo sus vidas o al menos alguno de sus miembros a cambio de alimentos y se declaró dispuesto, si fuera necesario, a ofrecer su propio cuerpo a los necesitados.
Sólo dos de aquellas lenguas alcanzaron la celebridad. En 1879 Johann Martin Schleyer, un clérigo de Baviera, ideó el volapük, que fue muy popular durante un breve período de tiempo: al cabo de diez años había 283 sociedades dedicadas a su promoción, así como manuales para su aprendizaje en veinticinco lenguas. Arika Okrent, en su libro In the Land of Invented Languages, afirma que el volapük es una delicia para gente con un sentido pueril del humor: pükön es“hablar” y plöpön es “tener éxito”. Más famosos y menos tontorrones fueron los esfuerzos de Ludwik Zamenhof, un oculista polaco de origen judío lituano que en la década de 1870 empezó a desarrollar el esperanto, una lengua sin irregularidades. En 1887 publicó su primer libro sobre ella, con una gramática que constaba de sólo dieciséis reglas y un vocabulario básico. Los motivos de Zamenhof eran evidentes: había crecido en los guetos de Bialystok y Varsovia, y, contrariado por la división que establecían las lenguas nacionales, soñaba con unir a la humanidad. El esperanto es sin duda el mayor éxito de las modernas lenguas inventadas, pero incluso si todavía tiene partidarios entusiastas, no parece que llegue alguna vez a imponerse como esperaba Zamenhof.
Es más probable que el lector haya oído hablar del klingon, una lengua creada por Marc Okrand para la serie televisiva Star Trek, así como de las lenguas élficas –en particular el quenya y el sindarin, que emulan, respectivamente, los modelos gramaticales del finés y del galés– ideadas por JRR Tolkien y fielmente utilizadas en las películas de El Señor de los Anillos, de Peter Jackson. Un ejemplo más reciente de lengua artificial es la que Paul Frommer atribuyó a los na’vi de piel azul en la película Avatar, de James Cameron (2009). Las lenguas inventadas, que en una época encarnaron la esperanza política en el mundo real, han pasado a ser accesorios del arte y el entretenimiento.
Hoy en día, la lengua auxiliar del mundo, más que cualquier otra alternativa artificial, es el inglés. Los hablantes del inglés como segunda lengua son más numerosos que los hablantes nativos. Las estimaciones varían, pero incluso las más conservadoras admiten que hay 500 millones de hablantes del inglés como segunda lengua. También son muchos más numerosos en el mundo quienes desean hablarla que quienes tratan de oponerse a su avance. En algunos casos, la devoción por el inglés tiene tintes de ardor religioso y se sitúa en los límites de la automortificación. Cuenta Mark Abley que algunos coreanos ricos no dudan en costear una operación quirúrgica que alarga la lengua de sus hijos para que les sea más fácil hablar inglés de forma convincente. Se supone que la intervención les permite emitir los sonidos r y l, pero la fluidez con que hablan el inglés muchos coreanos que han emigrado a USA y Gran Bretaña hace que uno se pregunte si vale la pena. Sin embargo, éste es un ejemplo indiscutible de a qué extremos están algunos dispuestos a llegar para aprender inglés, seducidos por la creencia de que capital lingüístico equivale a capital económico.
En los lugares donde el inglés se utiliza como segunda lengua, sus hablantes consideran que carece de las limitaciones de sus lenguas maternas. Lo asocian con el poder y el estatus social y lo ven como un medio flexible y sensual para autoexpresarse. Simboliza la preferencia personal y la libertad. Pero mientras que muchos que no conocen la lengua aspiran a aprenderla, otros muchos la perciben como un instrumento de opresión que no sólo está asociado con el imperialismo, sino también con las depredaciones del capitalismo y el cristianismo (las palabras imperialismo y capitalismo han llegado a ser casi sinónimas gracias al libro El imperialismo, fase superior del capitalismo, que Lenin publicó en 1917). El erudito australiano Alastair Pennycook ha resumido a la perfección el paradójico estatus del inglés como “lengua de la amenaza, el deseo, la destrucción y las oportunidades”. Su difusión puede verse como una fuerza de homogeneización (algunos hablarían de yanquización) que erosiona la integridad de otras culturas. Sin embargo, lo que llama la atención es que la gente se la apropia localmente de muy distintas maneras. A veces se utiliza contra los mismos poderes e ideologías que supuestamente representa. Basta con escuchar, por ejemplo, a los raperos de Somalia o Indonesia para darse cuenta de que el uso del inglés en sus letras es cualquier cosa menos un sumiso homenaje al poderío comercial y cultural usamericano.
En su libro Globish (2010), Robert McCrum señala “la subversiva capacidad del inglés para correr junto a la liebre y cazar junto a los perros que la persiguen, para articular las ideas del gobierno y de la oposición, para ser la lengua de la gente ordinaria y del poder y la autoridad, del rock’n’roll y del decreto real”. McCrum la considera “contagiosa, adaptable, populista” y establece la caída del Muro de Berlín en 1989 como el momento simbólico que marcó el inicio de “una nueva dinámica en el flujo de la información”. Para McCrum, el inglés tiene un papel protagonista en eso que Thomas L. Friedman ha denominado con acierto “el aplanamiento del mundo”, la nueva “red global”.
En el siglo XXI otras lenguas desafían la posición del inglés como lengua planetaria dominante. Las principales parecen ser el español y el chino mandarín. Los hablantes que las utilizan como lengua materna son más numerosos que los del inglés, pero ninguna de las dos se utiliza mucho como lingua franca en la actualidad. La mayoría de los hablantes del chino mandarín viven en un solo país, y, con la excepción de España, la mayoría de los hispanohablantes están en el continente americano. Hay quien dice que la revitalización de las lenguas minoritarias es buena para el inglés, porque debilita a sus grandes rivales y, por lo tanto, elimina los obstáculos que impiden la difusión de esta lengua. Así, por ejemplo, el resurgimiento del catalán, del vasco y del gallego debilitaría al español peninsular y lo convertiría en un rival menos poderoso del inglés. Los apologistas del inglés invierten este argumento y afirman que el avance del inglés es bueno para las lenguas minoritarias, lo cual es falso.
Nicholas Ostler, un lingüista de ideas a menudo sorprendentes, ha dicho que “si comparamos el inglés con las otras lenguas que han alcanzado un estatus global, las que más se le parecen –desde el punto de vista lingüístico– son el chino y malayo”. Las tres siguen un orden verbal de sujeto-verbo-objeto y sus sustantivos y verbos tienen pocas variantes. Además, “otra faceta del inglés que lo asemeja con el chino es su ortografía peculiarmente conservadora y antifonética” y “de la misma manera que ha ocurrido con el chino... el parecido entre el inglés hablado y sus tradiciones escritas es cada vez más remoto”. Parece una comparación interesante, pero no sirve de guía para lo que sucederá en el futuro. Las principales amenazas contra el inglés podrían surgir de su interior. Hay una larga historia de gente que lo utiliza para fines anti-ingleses, de creadores y personajes políticos que afirman en inglés su distanciamiento de la anglicidad, de lo británico o de lo usamericano. Hay, por ejemplo, muchos escritores cuya lengua materna no es el inglés que han salpimentado con sabores extranjeros sus escritos en esa lengua, lo cual les ha permitido exhibir su patrimonio al mismo tiempo que trabajan en un medio que les permite llegar a un público más amplio.
Son dos las amenazas que destacan de las demás. Ya he mencionado la India; el inglés es importante para sus ambiciones globales. Las raíces de esa lengua son allí coloniales, pero el inglés conecta menos a los indios con el pasado que con el futuro. Las personas que lo utilizan en la India son ya más numerosas que en cualquier otro país del mundo, incluido USA. Mientras tanto, en China el número de estudiantes que lo están aprendiendo aumenta con rapidez. El empresario Li Yang ha desarrollado lo que denomina Crazy English, un método de enseñanza poco ortodoxo a base de gritos. Ésta, explica Li, es la manera con la que los chinos activan sus “músculos internacionales”. Su programa es patriótico. Kingsley Bolton, director del departamento de inglés de la City University de Hong Kong, lo llama “nacionalismo de vendedor ambulante”. Qué duda cabe de que posee una cualidad singular; uno de los eslóganes de Li dice así: “Hay que conquistar el inglés para fortalecer a China”. Unas cuantas voces disidentes sugieren que el Crazy English alienta el racismo, pero el entusiasmo que despierta su enfoque populista es indudable y arroja luz sobre una fiebre que ha invadido China: la ardiente convicción de que aprender inglés es la habilidad esencial para sobrevivir en el mundo moderno.
La adopción del inglés en los dos países más poblados del mundo ha dado lugar a que la lengua empiece a cambiar. Es probable que algunos de estos cambios desconcierten a sus hablantes nativos. La “anglicidad” del inglés se está diluyendo. También está perdiendo, y esto es todavía más sorprendente, su sabor usamericano. El centro de gravedad del inglés se está desplazando; de hecho, el inglés del siglo XXI tiene ya muchos centros de gravedad. Conforme pase el tiempo, sus hablantes nativos podrían encontrarse en situación de desventaja. Todo hablante nativo suele integrar diferentes bagajes culturales en el uso de su lengua. Un ejemplo innegable es la forma en que utilizamos metáforas deportivas. Si en una conversación le digo “has bateado seis” a mi socia eslovaca, probablemente no sabrá de lo que estoy hablando. Tampoco lo sabrá un usamericano. En cambio un indio es muy probable que lo entienda (la frase proviene del juego del cricket), pero lo cierto es que debería elegir mis palabras con mayor cuidado. El problema es que con frecuencia ni a mí ni a otros muchos como yo nos preocupa que no nos entiendan. Para los hablantes no nativos, los caprichos y las elaboraciones lingüísticas de este tipo son una fuente de confusión. A menudo los hablantes no nativos del inglés comentan que les resulta más fácil conversar entre sí que con hablantes nativos. Ya es un hecho que muchas personas que aprenden el inglés no tienen la menor intención de hablar con nativos, hasta tal punto que si yo interviniese en sus conversaciones no sería bienvenido.
Al mismo tiempo, los hablantes nativos del inglés tienden a asumir que su dominio de una lengua tan poderosa como la suya los dispensa de aprender otras lenguas. Se equivocan. Las compañías británicas a menudo pierden oportunidades de exportación debido a su desconocimiento de otras lenguas. Además, existe la posibilidad de que dentro de veinte o treinta años sea obligatorio saber inglés en los intercambios comerciales y eso hará que los hablantes nativos dejen de tener esa ventaja. En una encuesta realizada en 2005, más del 80% de los ciudadanos de Holanda, Dinamarca y Suecia afirmaron ser capaces de hablar inglés. El porcentaje fue del 60% en Finlandia, del 50% en Alemania, del 30% en Francia e Italia y del 20% en España y Turquía. Es de suponer que estas cifras hayan aumentado. Proceden de un estudio publicado en 2006 por el British Council, una organización creada en 1934 que hoy en día es un “órgano de relaciones culturales internacionales” en más de cien países. Su director general, Sir Richard Francis, afirmó en 1989 que “el verdadero oro negro de Gran Bretaña no es el petróleo del Mar del Norte, sino la lengua inglesa”. A menudo se minimizan afirmaciones como ésta, pero el papel del British Council en la promoción del inglés británico está ligado a los intereses corporativos británicos. Grandes compañías como la British Petroleum (hoy BP Amoco) han trabajado hombro con hombro con el British Council y han financiado programas educativos para que los extranjeros aprendan inglés. No se trata, desde luego, de un acto de altruismo. Como dice Robert Phillipson, “el inglés de los negocios es el negocio del inglés”. Pero al mismo tiempo que una lengua simultáneamente impuesta y bienvenida, el inglés es una lengua que, más que cualquier otra, la gente quiere aprender.
Las consecuencias son complejas. Algunas de ellas, al parecer, contrarias a las que se pretendían en un principio. A pesar de las ingentes cantidades de dinero que se gastan en la difusión del inglés británico, lo cierto es que el inglés está adquiriendo un color cada vez más local en los diferentes lugares donde se utiliza, y eso hace que el número de lenguas disminuya en el mundo mientras que al mismo tiempo aumente el número de variantes dialectales del inglés.
[1] Globish es un juego de palabras que consiste en sustituir las dos últimas letras de la palabra "global" (es decir, mundial o global) por el fonema -ish de la palabra English [NdelT].
......,CUANDO SALGAS LUNA LLENA
Cuando salgas, luna llena
Cuando salgas, luna llena,
ya andará con su cría mi paloma,
la blanca de ojos rojos, la incansable.
Cuando salgas, luna llena,
no hagas caso del perro si te ladra,
el muy torpe no sabe cómo amarte.
Cuando salgas, luna llena,
recuerda que aquí están mis compañeros.
Dales a ellos también de tu luz, de la más clara.
Cuando salgas, luna llena,
haremos una fiesta en mi ventana
y en el horno habrá un pan de tu tamaño.
noel nicola
Cuando salgas, luna llena,
ya andará con su cría mi paloma,
la blanca de ojos rojos, la incansable.
Cuando salgas, luna llena,
no hagas caso del perro si te ladra,
el muy torpe no sabe cómo amarte.
Cuando salgas, luna llena,
recuerda que aquí están mis compañeros.
Dales a ellos también de tu luz, de la más clara.
Cuando salgas, luna llena,
haremos una fiesta en mi ventana
y en el horno habrá un pan de tu tamaño.
noel nicola
cuaderno de manuscritos
Mas los alambres del patio el naranjo
La calle decrepita mas que una frontera
Siguen existiendo en el mundo
Como si cada uno con su sol
http://nuestrocanto.net/joo/index.php?option=com_content&view=article&id=2189:violeta-parra-cuaderno-de-manuscritos&catid=83:chile
La calle decrepita mas que una frontera
Siguen existiendo en el mundo
Como si cada uno con su sol
http://nuestrocanto.net/joo/index.php?option=com_content&view=article&id=2189:violeta-parra-cuaderno-de-manuscritos&catid=83:chile
El 99% que ocupó Wall Street
Amy Goodman
Democracy Now!
Si 2.000 activistas del movimiento conservador Tea Party se manifestaran en Wall Street, probablemente habría la misma cantidad de periodistas cubriendo el acontecimiento. De hecho 2.000 personas ocuparon Wall Street el sábado. No llevaban pancartas del Tea Party ni la bandera de Gadsden con la serpiente en espiral y la amenaza 'No te metas conmigo'. Pero su mensaje era claro: “Somos el 99 por ciento de la población que ya no tolerará la codicia ni la corrupción del 1 por ciento restante”, dijeron. Allí estaban, la mayoría de ellos jóvenes, protestando contra la especulación prácticamente no regulada y descontrolada de Wall Street, que provocó la crisis financiera mundial.
Uno de los multimillonarios más conocidos de Nueva York, el alcalde Michael Bloomberg, comentó acerca del momento en que vivimos: “Muchos jóvenes que salen de la universidad no encuentran trabajo. Eso es lo que sucedió en El Cairo, es lo que sucedió en Madrid. No queremos ese tipo de disturbios aquí”. ¿Disturbios? ¿De eso realmente se trataron la Primavera Árabe y las protestas en Europa?
Quizá para desilusión del Alcalde Bloomberg, lo que sucedió en Egipto y en Europa es justamente lo que inspiró a muchas personas a ocupar Wall Street. En un reciente comunicado, la coalición de organizaciones que se están manifestando en Wall Street dijo: “El sábado realizamos una asamblea general de dos mil personas. El lunes a las 8 de la noche aún estábamos ocupando la plaza, a pesar de la constante presencia policial. Estamos construyendo el mundo que queremos, en base a la necesidad humana y a la sustentabilidad, en lugar de a la codicia de las empresas”.
Hablando del Tea Party, el gobernador de Texas, Rick Perry, viene provocando altercados en forma permanente durante los debates presidenciales republicanos con su declaración de que el venerado sistema de seguridad social de Estados Unidos es “una estafa de tipo Ponzi”. Charles Ponzi se dedicó a estafar a miles de personas en 1920 mediante la promesa fraudulenta de que recibirían grandes ganancias por sus inversiones. Una típica estafa Ponzi consiste en tomar el dinero de una serie de inversores y pagarles con el dinero de nuevos inversores, en lugar de pagarles con ganancias reales. El sistema de seguridad social de Estados Unidos de hecho es solvente: tiene un fondo fiduciario de más de 2,6 billones de dólares. La verdadera estafa que amenaza al pueblo estadounidense es la insaciable codicia de los bancos de Wall Street.
Entrevisté a uno de los organizadores de la protesta “Ocupemos Wall Street”. David Graeber es profesor en Goldsmiths, Universidad de Londres, y es autor de varios libros. Su obra más reciente es: “Deuda: Los primeros 5.000 años”. Graeber señala que, en medio de la crisis financiera de 2008, se renegociaron deudas enormes entre bancos. Sin embargo muy pocas hipotecas recibieron el mismo trato. Graeber dice: “Las deudas entre los muy ricos o entre gobiernos siempre pueden ser renegociadas y, de hecho, siempre ha sido así en la historia mundial. No están grabadas en piedra. En términos generales, cuando los pobres tienen deudas con los ricos, de pronto las deudas se convierten en una obligación sagrada, más importante que ninguna otra cosa y la idea de renegociarlas se vuelve impensable”.
El Presidente Barack Obama propuso recientemente un plan de creación de empleo y mayores esfuerzos para reducir el déficit. Una de las propuestas es el llamado “impuesto a los millonarios”, que cuenta con el apoyo del multimillonario y partidario de Obama, Warren Buffet. Los republicanos denominaron el impuesto “guerra de clases”.
Graeber comenta: “Durante los últimos 30 años hemos visto a los más ricos de nuestra sociedad librar una guerra política contra todos los demás y esta es la jugada más reciente de esa guerra, una medida que es totalmente disfuncional desde el punto de vista político y económico. Y este es el motivo por el cual los jóvenes simplemente han abandonado cualquier idea de recurrir a los políticos. Todos sabemos lo que sucederá. Los impuestos propuestos son una especie de simulación de gesto populista, que todos saben que se desechará. En realidad, lo que probablemente suceda es que habrá más recortes de los servicios sociales”.
Afuera, en la fría mañana del martes, los manifestantes iniciaron su cuarto día de protestas con una marcha en medio de una fuerte presencia policial e hicieron sonar la campana de apertura de “la bolsa del pueblo” a las 9.30 de la mañana, exactamente a la misma hora que suena la campana de la Bolsa de Nueva York. Mientras los banqueros permanecen seguros dentro de sus bancos rescatados, afuera, la policía arresta a manifestantes. En un mundo justo, con una economía justa, cabría preguntarse, ¿quién debería estar pasando frío afuera? ¿Quién debería ser arrestado?
http://www.rebelion.org/
Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.
Democracy Now!
Si 2.000 activistas del movimiento conservador Tea Party se manifestaran en Wall Street, probablemente habría la misma cantidad de periodistas cubriendo el acontecimiento. De hecho 2.000 personas ocuparon Wall Street el sábado. No llevaban pancartas del Tea Party ni la bandera de Gadsden con la serpiente en espiral y la amenaza 'No te metas conmigo'. Pero su mensaje era claro: “Somos el 99 por ciento de la población que ya no tolerará la codicia ni la corrupción del 1 por ciento restante”, dijeron. Allí estaban, la mayoría de ellos jóvenes, protestando contra la especulación prácticamente no regulada y descontrolada de Wall Street, que provocó la crisis financiera mundial.
Uno de los multimillonarios más conocidos de Nueva York, el alcalde Michael Bloomberg, comentó acerca del momento en que vivimos: “Muchos jóvenes que salen de la universidad no encuentran trabajo. Eso es lo que sucedió en El Cairo, es lo que sucedió en Madrid. No queremos ese tipo de disturbios aquí”. ¿Disturbios? ¿De eso realmente se trataron la Primavera Árabe y las protestas en Europa?
Quizá para desilusión del Alcalde Bloomberg, lo que sucedió en Egipto y en Europa es justamente lo que inspiró a muchas personas a ocupar Wall Street. En un reciente comunicado, la coalición de organizaciones que se están manifestando en Wall Street dijo: “El sábado realizamos una asamblea general de dos mil personas. El lunes a las 8 de la noche aún estábamos ocupando la plaza, a pesar de la constante presencia policial. Estamos construyendo el mundo que queremos, en base a la necesidad humana y a la sustentabilidad, en lugar de a la codicia de las empresas”.
Hablando del Tea Party, el gobernador de Texas, Rick Perry, viene provocando altercados en forma permanente durante los debates presidenciales republicanos con su declaración de que el venerado sistema de seguridad social de Estados Unidos es “una estafa de tipo Ponzi”. Charles Ponzi se dedicó a estafar a miles de personas en 1920 mediante la promesa fraudulenta de que recibirían grandes ganancias por sus inversiones. Una típica estafa Ponzi consiste en tomar el dinero de una serie de inversores y pagarles con el dinero de nuevos inversores, en lugar de pagarles con ganancias reales. El sistema de seguridad social de Estados Unidos de hecho es solvente: tiene un fondo fiduciario de más de 2,6 billones de dólares. La verdadera estafa que amenaza al pueblo estadounidense es la insaciable codicia de los bancos de Wall Street.
Entrevisté a uno de los organizadores de la protesta “Ocupemos Wall Street”. David Graeber es profesor en Goldsmiths, Universidad de Londres, y es autor de varios libros. Su obra más reciente es: “Deuda: Los primeros 5.000 años”. Graeber señala que, en medio de la crisis financiera de 2008, se renegociaron deudas enormes entre bancos. Sin embargo muy pocas hipotecas recibieron el mismo trato. Graeber dice: “Las deudas entre los muy ricos o entre gobiernos siempre pueden ser renegociadas y, de hecho, siempre ha sido así en la historia mundial. No están grabadas en piedra. En términos generales, cuando los pobres tienen deudas con los ricos, de pronto las deudas se convierten en una obligación sagrada, más importante que ninguna otra cosa y la idea de renegociarlas se vuelve impensable”.
El Presidente Barack Obama propuso recientemente un plan de creación de empleo y mayores esfuerzos para reducir el déficit. Una de las propuestas es el llamado “impuesto a los millonarios”, que cuenta con el apoyo del multimillonario y partidario de Obama, Warren Buffet. Los republicanos denominaron el impuesto “guerra de clases”.
Graeber comenta: “Durante los últimos 30 años hemos visto a los más ricos de nuestra sociedad librar una guerra política contra todos los demás y esta es la jugada más reciente de esa guerra, una medida que es totalmente disfuncional desde el punto de vista político y económico. Y este es el motivo por el cual los jóvenes simplemente han abandonado cualquier idea de recurrir a los políticos. Todos sabemos lo que sucederá. Los impuestos propuestos son una especie de simulación de gesto populista, que todos saben que se desechará. En realidad, lo que probablemente suceda es que habrá más recortes de los servicios sociales”.
Afuera, en la fría mañana del martes, los manifestantes iniciaron su cuarto día de protestas con una marcha en medio de una fuerte presencia policial e hicieron sonar la campana de apertura de “la bolsa del pueblo” a las 9.30 de la mañana, exactamente a la misma hora que suena la campana de la Bolsa de Nueva York. Mientras los banqueros permanecen seguros dentro de sus bancos rescatados, afuera, la policía arresta a manifestantes. En un mundo justo, con una economía justa, cabría preguntarse, ¿quién debería estar pasando frío afuera? ¿Quién debería ser arrestado?
http://www.rebelion.org/
Amy Goodman es la conductora de Democracy Now!, un noticiero internacional que se emite diariamente en más de 550 emisoras de radio y televisión en inglés y en más de 250 en español. Es co-autora del libro "Los que luchan contra el sistema: Héroes ordinarios en tiempos extraordinarios en Estados Unidos", editado por Le Monde Diplomatique Cono Sur.
Occupy Wall Street y el nuevo mundo feliz
Jueves, 17 Noviembre 2011
inShare0SocButtons v1.4Amy Goodman (*)
NUEVA YORK - Apenas pasada la 1 de la madrugada del martes recibimos la noticia de que la policía de la ciudad de Nueva York estaba haciendo una redada en el campamento de Occupy Wall Street. Fuimos rápidamente con el equipo de noticias de Democracy Now! hasta Zuccotti Park, ahora bautizado Plaza de la Libertad. Cientos de policías antidisturbios ya habían rodeado el área. Mientras la policía destrozaba las carpas, trabajadores de limpieza de la ciudad lanzaban las pertenencias de los manifestantes a los camiones de basura. Más allá de las barricadas, en el centro del parque, entre 200 y 300 personas se tomaban de los brazos formando una cadena humana y se negaban a ceder el espacio que habían ocupado durante casi dos meses. Fueron esposados y arrestados uno a uno.
Los pocos miembros de la prensa que logramos atravesar las barreras policiales fuimos enviados al área asignada a los periodistas, al otro lado de la calle frente al Zuccotti Park. Cuando nuestras cámaras comenzaron a grabar, estacionaron dos autobuses delante para impedirnos ver lo que sucedía del otro lado. Mis compañeros y yo logramos pasar entre los autobuses e ingresar al parque tras atravesar una montaña de carpas desarmadas, toldos y sobres de dormir. La policía casi logra impedir que los medios vean la destrucción.
Entre una pila de cosas amontonadas vimos una biblioteca destrozada. Ya dentro del parque encontré un libro en el suelo. Tenía inscripta la sigla “OWSL” de Occupy Wall Street Library, también conocida como la Biblioteca del Pueblo, una de las principales instituciones que había surgido de la dinámica democrática del movimiento. Según los últimos datos de los que se tenía registro, la biblioteca contaba con un total de 5.000 libros recibidos a través de donaciones. El que encontré entre los escombros de la democracia que estaba siendo arrojada a la basura fue “Nueva visita a un mundo feliz”, de Aldous Huxley.
A medida que avanzaba la noche aumentaba la ironía de haber hallado el libro de Huxley. Lo escribió en 1958, casi 30 años después de su famosa novela distópica “Un mundo feliz”. La obra original describía una sociedad del futuro donde la gente estaba estratificada entre pudientes y desposeídos. A los habitantes del “mundo feliz” se les proporcionaba placer, distracción, publicidad y drogas intoxicantes para volverlos complacientes: un mundo de perfecto consumismo donde las clases bajas hacían todo el trabajo para la élite.
“Nueva visita a un mundo feliz” fue el ensayo de Huxley en respuesta a la velocidad en que observó que la sociedad moderna se dirigía hacia ese futuro desolador. Haberme topado con ese libro no podía ser más pertinente: el campamento, que había sido motivado en gran medida por la oposición a la supremacía del comercio y la globalización, estaba siendo destruido.
Huxley escribió en su libro: “La Gran Empresa, hecha posible por el avance de la tecnología y la consiguiente ruina de la Pequeña Empresa, suele ser gobernada por el Estado, es decir, por un reducido grupo de jefes de partido y los soldados, policías y funcionarios públicos que cumplen sus órdenes. Una democracia capitalista, como la de los Estados Unidos, suele ser gobernada por lo que el profesor C. Wright Mills ha llamado la Élite del Poder”. Y continúa: “Esta Élite del Poder procura directamente ocupación en sus fábricas, oficinas y comercios a varios millones de los trabajadores del país, domina a muchos millones más prestándoles dinero para la compra de lo que ella produce y, como dueña de los medios de comunicación en masa, influye en el pensar, el sentir y el obrar de virtualmente todo el mundo”.
Uno de los trabajadores voluntarios de la Biblioteca del Pueblo, Stephen Boyer, estaba allí cuando allanaron el parque. Tras evitar ser arrestado y brindar primeros auxilios a sus compañeros, escribió: “Destruyeron todo lo que trajimos al parque. Nuestra hermosa biblioteca fue destruida. Nuestra colección de 5.000 libros desapareció. Nuestra carpa, que fue una donación, también fue destruida al igual que todo el esfuerzo que hicimos para levantarla”.
Poco después, la oficina del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, publicó una foto de una mesa con algunos libros y afirmó que los libros fueron bien conservados. Mientras tanto, la Biblioteca del Pueblo escribía el siguiente mensaje en tweeter: “Estamos contentos de ver que algunos libros están en buen estado. Ahora bien, ¿dónde están el resto de los libros y nuestra carpa y nuestras cajas?”. La carpa había sido donada a la biblioteca por la ganadora del Premio Nacional del Libro y leyenda del rock Patti Smith.
Muchos otros sitios de protesta del movimiento Occupy en otras ciudades fueron allanados recientemente. La alcaldesa de Oakland, Jean Quan, confesó a la BBC que había participado en una conferencia telefónica junto a los alcaldes de otras 18 ciudades para hablar de la situación. Otro informe de prensa observó que el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional habían asesorado a las autoridades de las ciudades.
Un juez del estado de Nueva York falló el martes a favor del desalojo y dictaminó que los manifestantes no pueden regresar al Parque Zuccotti ni con sus sobres de dormir ni con sus carpas. Tras el fallo, un abogado constitucionalista me envió un mensaje de texto que decía: “Solo recuerda: el movimiento está en las calles. Los tribunales siempre son el último recurso”. O como canta Patti Smith: “El pueblo tiene el poder”.
(*) Periodista estadounidense. Tomado de http://www.democracynow.org/
de http://www.contrapunto.com.sv/
Jueves, 17 Noviembre 2011
inShare0SocButtons v1.4Amy Goodman (*)
NUEVA YORK - Apenas pasada la 1 de la madrugada del martes recibimos la noticia de que la policía de la ciudad de Nueva York estaba haciendo una redada en el campamento de Occupy Wall Street. Fuimos rápidamente con el equipo de noticias de Democracy Now! hasta Zuccotti Park, ahora bautizado Plaza de la Libertad. Cientos de policías antidisturbios ya habían rodeado el área. Mientras la policía destrozaba las carpas, trabajadores de limpieza de la ciudad lanzaban las pertenencias de los manifestantes a los camiones de basura. Más allá de las barricadas, en el centro del parque, entre 200 y 300 personas se tomaban de los brazos formando una cadena humana y se negaban a ceder el espacio que habían ocupado durante casi dos meses. Fueron esposados y arrestados uno a uno.
Los pocos miembros de la prensa que logramos atravesar las barreras policiales fuimos enviados al área asignada a los periodistas, al otro lado de la calle frente al Zuccotti Park. Cuando nuestras cámaras comenzaron a grabar, estacionaron dos autobuses delante para impedirnos ver lo que sucedía del otro lado. Mis compañeros y yo logramos pasar entre los autobuses e ingresar al parque tras atravesar una montaña de carpas desarmadas, toldos y sobres de dormir. La policía casi logra impedir que los medios vean la destrucción.
Entre una pila de cosas amontonadas vimos una biblioteca destrozada. Ya dentro del parque encontré un libro en el suelo. Tenía inscripta la sigla “OWSL” de Occupy Wall Street Library, también conocida como la Biblioteca del Pueblo, una de las principales instituciones que había surgido de la dinámica democrática del movimiento. Según los últimos datos de los que se tenía registro, la biblioteca contaba con un total de 5.000 libros recibidos a través de donaciones. El que encontré entre los escombros de la democracia que estaba siendo arrojada a la basura fue “Nueva visita a un mundo feliz”, de Aldous Huxley.
A medida que avanzaba la noche aumentaba la ironía de haber hallado el libro de Huxley. Lo escribió en 1958, casi 30 años después de su famosa novela distópica “Un mundo feliz”. La obra original describía una sociedad del futuro donde la gente estaba estratificada entre pudientes y desposeídos. A los habitantes del “mundo feliz” se les proporcionaba placer, distracción, publicidad y drogas intoxicantes para volverlos complacientes: un mundo de perfecto consumismo donde las clases bajas hacían todo el trabajo para la élite.
“Nueva visita a un mundo feliz” fue el ensayo de Huxley en respuesta a la velocidad en que observó que la sociedad moderna se dirigía hacia ese futuro desolador. Haberme topado con ese libro no podía ser más pertinente: el campamento, que había sido motivado en gran medida por la oposición a la supremacía del comercio y la globalización, estaba siendo destruido.
Huxley escribió en su libro: “La Gran Empresa, hecha posible por el avance de la tecnología y la consiguiente ruina de la Pequeña Empresa, suele ser gobernada por el Estado, es decir, por un reducido grupo de jefes de partido y los soldados, policías y funcionarios públicos que cumplen sus órdenes. Una democracia capitalista, como la de los Estados Unidos, suele ser gobernada por lo que el profesor C. Wright Mills ha llamado la Élite del Poder”. Y continúa: “Esta Élite del Poder procura directamente ocupación en sus fábricas, oficinas y comercios a varios millones de los trabajadores del país, domina a muchos millones más prestándoles dinero para la compra de lo que ella produce y, como dueña de los medios de comunicación en masa, influye en el pensar, el sentir y el obrar de virtualmente todo el mundo”.
Uno de los trabajadores voluntarios de la Biblioteca del Pueblo, Stephen Boyer, estaba allí cuando allanaron el parque. Tras evitar ser arrestado y brindar primeros auxilios a sus compañeros, escribió: “Destruyeron todo lo que trajimos al parque. Nuestra hermosa biblioteca fue destruida. Nuestra colección de 5.000 libros desapareció. Nuestra carpa, que fue una donación, también fue destruida al igual que todo el esfuerzo que hicimos para levantarla”.
Poco después, la oficina del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, publicó una foto de una mesa con algunos libros y afirmó que los libros fueron bien conservados. Mientras tanto, la Biblioteca del Pueblo escribía el siguiente mensaje en tweeter: “Estamos contentos de ver que algunos libros están en buen estado. Ahora bien, ¿dónde están el resto de los libros y nuestra carpa y nuestras cajas?”. La carpa había sido donada a la biblioteca por la ganadora del Premio Nacional del Libro y leyenda del rock Patti Smith.
Muchos otros sitios de protesta del movimiento Occupy en otras ciudades fueron allanados recientemente. La alcaldesa de Oakland, Jean Quan, confesó a la BBC que había participado en una conferencia telefónica junto a los alcaldes de otras 18 ciudades para hablar de la situación. Otro informe de prensa observó que el FBI y el Departamento de Seguridad Nacional habían asesorado a las autoridades de las ciudades.
Un juez del estado de Nueva York falló el martes a favor del desalojo y dictaminó que los manifestantes no pueden regresar al Parque Zuccotti ni con sus sobres de dormir ni con sus carpas. Tras el fallo, un abogado constitucionalista me envió un mensaje de texto que decía: “Solo recuerda: el movimiento está en las calles. Los tribunales siempre son el último recurso”. O como canta Patti Smith: “El pueblo tiene el poder”.
(*) Periodista estadounidense. Tomado de http://www.democracynow.org/
de http://www.contrapunto.com.sv/
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
-
despues el misterioso tacto,las impulsivas fuerzas que arrastrancon poder pasmoso., y ho gran pan! el idilio mostruoso bajo las vastas s...


